SILVIA DABUL

Silvia Dabul nació en Mendoza, se graduó como Licenciada en Piano en la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Cuyo. Vive en Buenos Aires y es invitada regularmente a los principales ciclos y salas del país. Se ha presentado también en Uruguay, Paraguay, Sudáfrica, Francia y Alemania. Grabó dos CD con música para dos pianos y piano a cuatro manos (Clásica), la obra completa de Kim Helweg para dos pianos y percusión (Focus Recording), Parajes (IRCO), canciones de compositores argentinos sobre textos de su autoría y Mélanges (l´Empreinte digitale, francia). Trabaja como profesora de piano en el Conservatorio Superior de Música Manuel de Falla.

Como poeta, publicó Lo que se nombra (Ediciones en Danza 2006), Cultivo de especias (Ediciones en Danza 2011). Ha sido incluida en diversas antologías.

Es autora del Diario del Otro Lado, publicación digital in progress de 20 cuadernos de sueños registrados desde 2012.

30.1.06

Safo

Versiones de Pablo Ingberg:
Se ha ocultado la luna,
las Pléyades también, está en su medio
la noche, la ocasión se va pasando,
y yo acostada, sola.
Al morir yacerás y nunca habrá recuerdo

de ti en lo sucesivo, pues parte alguna tienes

en las rosas de Pieria, e ignota hasta en el Hades
vagarás entre oscuros muertos revoloteando

20.1.06

Frío

De las cuatro estaciones de Vivaldi, el Allegro non molto del Invierno
Adam Kostecki: violín, Kammerorchester Hannover

























16.1.06

Las vacaciones han llegado a un punto tenebroso. No tengo qué ponerme. No es que la ropa esté sucia...está CHICA.

14.1.06

(salí muy rubia, pero soy yo)





Piro pregunta qué extrañamos, yo extraño a Nippur

Bach

El New Trinity Baroque , grupo de instrumentos originales:

Elizabeth Packard Arnold-soprano, Magdalena Wór-mezzosoprano, en el dúo "Den Tod niemand zwingen kunnt" de la cantata Christ lag in Todesbanden de Johann Sebastian Bach

























5.1.06

Anoche soñé que estaba en la casa de un hombre y una mujer de contextura mediana. No eran jóvenes, ni especialmente hermosos. Él miraba hacia la pared, acostado, como ausente. La casa entera se volvía un dormitorio. Ella me invitaba a entrar en la cama, y después de sonreírme, se iba. El hombre giraba la cabeza. Me miraba. Sólo una vez. Yo veía sus labios carnosos, sentía el impulso de besarlo, pero no me movía. Debajo de las sábanas podía percibir, sin tocarlo, el magnetismo de una piel que adivinaba lampiña.
Todo en él era a la vez ajeno y mío.
Me levantaba de la cama destapándolo con cuidado. Parecía pensar con los ojos abiertos. Desnudo, descansaba laxo y armonioso. El miembro, sin pliegues ni orificio, era completamente liso, muy blanco.
La tristeza flotaba al ras del suelo, como la niebla del campo, en una mañana fría.