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Un deber desconocido

Mi manera de amarte es sencilla:te aprieto a mí como si hubiera un poco de justicia en mi corazón y yo te la pudiese dar con el cuerpo. Cuando revuelvo tus cabellos algo hermoso se forma entre mis manos. Y casi no sé más. Yo sólo aspiro a estar contigo en paz y a estar en paz con un deber desconocido que a veces pesa también en mi corazón. Antonio Gamoneda

Mientras las hojas huyen...

Casida VI: de la mano imposible (del Diván de Tamarit) Yo no quiero más que una mano, una mano herida, si es posible. Yo no quiero más que una mano, aunque pase mil noches sin lecho. Sería un pálido lirio de cal, sería una paloma amarrada a mi corazón, sería el guardían que en la noche de mi tránsito prohibiera en absoluto la entrada a la luna. Yo no quiero más que esa mano para los diarios aceites y la sábana blanca de mi agonía Yo no quiero más que esa mano para tener un ala de mi muerte. Lo demás todo pasa. Rubor sin nombre ya, astro perpetuo. Lo demás es lo otro; viento triste, mientras las hojas huyen en bandadas. Federico García Lorca

Escucha ahora, vagabundo...

Las nubes no retornan La memoria de la ola flota dispersa en la costa baldía. escucha ahora, vagabundo acechante, entre el vino descolorido y la noche. ¿Y quién puede dormir? El zumbido no cesa en el salón de las moscas. La memoria de la ola, la memoria del amor te confiesa que nunca te susurró al oído su verdad. Sólo el rumor del puerto, pies que se alejan pisando sobre conchillas, el lugar es oscuro y alguien me sopla su aliento en la cara o sólo el rudo olor del mar. El lugar ha desaparecido. Nada más que esa gente alrededor de la olla donde algo se cocina lentamente. Inútil que tiendas tu plano, los invitados esperan el momento del festín, unas mujeres ponen la mesa en el fondo de la inundación, otras ajustan la clavija en el cráneo. La memoria de la ola: el blanco esqueleto del pez junto a la barca abandonada. Lo que trae, lo que lleva, lo que no llegó nunca. Enrique Molina (de El ala de la gaviota )

Poemas en el Diario

Estos poemas (y varios más) fueron publicados en el último Diario de Poesía (Nº 75). Cantos robados Sólo se escucha una música los viejos se miran las manos hablan cierran los ojos les brotan larvas de seda en los dedos que suben hasta las cuencas a deshacerles el rictus de congoja en esa curva profunda albergan lo que no cede al dolor treinta y tres veces los viejos despliegan las alas y se les vuela una música líneas sin descifrar en un idioma que habla de abluciones de ánforas dicen que con esos cantos bañan a los muertos y que por olvidar los secretos de los cadáveres desnudos los viejos reciben frutos de los árboles dones de sosiego en las alas Transiciones Para recuperar la paz apoyaba sobre las sienes suavemente las palmas sabía cómo postergar el equilibrio de un pequeño salto tras la delgada película yacía la estructura en reposo como una mujer saciada su ley vestía ropa de abrigo por cábala o estrategia usaba la máscara azul y oscura de un lago

El hálito de Inés

Imagen
(un nombre escrito queda escrito cuando todo se borra alrededor) Inés Pereira

La inteligencia de las flores

La vallisneria es una hierba bastante insignificante que no tiene nada de la gracia extraña del nenúfar o de ciertas cabelleras submarinas. Pero se diría que la naturaleza se ha complacido en poner en ella una hermosa idea. Toda la existencia de la pequeña planta transcurre en el fondo del agua, en una especie de semisueño, hasta la hora nupcial en que aspira a una vida nueva. Entonces la flor hembra desarrolla lentamente la larga espiral de su pedúnculo, sube, emerge, domina y se abre en la superficie del estanque. De un tronco vecino, las flores masculinas que la vislumbran a través del agua iluminada por el sol se elevan a su vez, llenas de esperanza, hacia la que se balancea, las espera y las llama en un mundo mágico. Pero a medio camino se sienten bruscamente retenidas: su tallo, manantial de vida, es demasiado corto; no alcanzarán jamás la mansión de luz, la única en que puede realizarse la unión de los estambres y del pistilo. ¿Hay en la naturaleza una inadvertencia o prueba más...

Rodolfo Godino

Usa rostros cambiantes lo que desea tu oscurecimiento, lo que quiere uncirte a la flameante realidad. Ella brota del ojo gobernando un breve paraíso, espejo que entrega al amo sólo su ansiosa imagen. Lo que no eres, lo que te elude, lo que serás no flota en esa versátil, hambrienta dama. Ningún pacto con la bestia de misión oscura te llevará a ti mismo ni al seno del poema: aguarda a que él descienda y vuele porque su tránsito te hace incorruptible.